uso del casco

Obligar el uso del casco es un riesgo a la salud pública

Yo tampoco usaba casco, pero un buen día un conductor se pasó el alto en División del Norte y rodé sobre su cofre hasta romperle con la cabeza su parabrisas.

El inútil no se dio a la fuga porque a) el cristal estaba totalmente quebrado y no le permitía ver nada y b) para mi suerte atrás de él venía una ambulancia que inmediatamente me auxilió y lo detuvo hasta que llegara la policía.

A pesar de no llevar casco tuve lo que llaman el síndrome “el casco me salvó la vida”, como muchos investigadores llaman a la falsa creencia de que un pedazo de unicel cubierto de un brilloso plástico puede salvar a alguien de un daño cerebral por caída; y a partir de entonces –confieso– me volví una creyente de su efectividad.

Así que me compré uno. En esos años noventa no había la variedad de modelos de ahora y terminé con el más simple, sencillo y discreto modelo de esponja de polietileno y grabado animal print de víbora roja. Ajúa.

Según yo ya estaba “protegida” para rodar, aunque de nada me sirvió tenerlo puesto cuando mi bici se patinó sobre la película de escamas y agua de pescado que tiraron los del mercado sobre la Avenida de Imán y salí derrapando pechos tierra.

Ni tampoco cuando en medio de tremenda tormenta descubrí que el charco inofensivo frente a mí era en realidad un cráter lunar lleno de agua y lodo y salí volando para caer de espaldas sobre el pavimento.

Mucho menos sirvió de nada cuando mi bici se patinó al dar la vuelta en una ciclovía danesa exfoliando mi cara, abriendo mi frente y raspando mi hombro izquierdo hasta dejarlo al rojo vivo. Uf.

En esos años noventa, cuando comencé a rodar con los Bicitekas el debate entre los que estaban a favor de usarlo y los que no era ya fuerte y provocaba no pocas peleas.

Para muchos, especialmente los europeos, les parecía contraproducente para la promoción del ciclismo, pues hace creer que es peligroso.

Pero los kamikazes como yo – que pedaleábamos precisamente porque “era peligroso”– lo veíamos más bien como un placebo, un aditamento de “seguridad” en el campo de batalla vial; falso pero confortante.

Veinte años y muchas investigaciones después, como las de la Fundación para la investigación de los cascos para ciclistas, han develado “que muchos cascos en realidad no cumplen con los estándares para los cuales se supone que están acreditados” y que a lo mucho “la mayor protección que puede brindar al usuario es evitar el daño focal del cráneo y heridas menores en el cuero cabelludo, pero no es probable que prevenga una lesión cerebral grave”.

La Federación Europea de Ciclismo (ECF) también ha difundido estudios que prueban que ” tenemos muy poca evidencia de casos reales de la efectividad del casco de bicicleta para prevenir lesiones en la cabeza”.

A finales de 2015 publicó los resultados del investigador y defensor holandés del ciclismo, Theo Zeegers, que se vale de controles antes, durante y después de que se impusieran leyes de uso del casco en países como Australia (en 1991).

Sus conclusiones fueron que “cualquier reducción en los números de ciclistas provocada por la legislación del casco o cualquier intervención de seguridad vial, casi invariablemente conducirá a un problema de salud pública”.

Es decir que los beneficios de montar en bicicleta son mayores que los riesgos (según Zeegers, en una relación de 20:1) y difundir el uso del caso inhibe a los nuevos ciclistas, lo que a la larga hace inseguro rodar.

Los canadienses agregaron propuestas: “si desea aumentar la seguridad de ciclismo en su ciudad, deje de lado la ley del casco y concéntrese en conseguir más personas, especialmente mujeres, en bicicletas, con diseños de calles que ofrecen separación del tráfico de vehículos”.

Todo esto se tomó en cuenta durante las discusiones del nuevo reglamento de Tránsito donde finalmente se aprobó que el uso del casco no es obligatorio para los ciclistas.

La visión de los activistas y estudiosos del ciclismo urbano en esta ciudad coincide en general como Xavier Treviño de la consultora de movilidad Céntrico:

“La responsabilidad de la seguridad de las personas en la calle, en especial de peatones y ciclistas que están hasta arriba en la pirámide de movilidad, es de los que generan el riesgo, no de los que lo sufren”.

Y recomiendan “invertir en reducir las velocidades y la mala conducción de vehículos automotores mediante diseños viales seguros y la aplicación estricta del Reglamento de Tránsito”.

Entonces, si ya se ha avanzado en esto, ¿por qué los alemanes salen con una campaña sexista sobre el uso del casco que retrocede en todo lo ganado en seguridad vial?

Se ve como la mierda pero salva mi vida”, es el fallido eslogan del Ministerio del Transporte germano que pretende incentivar el uso del casco entre jóvenes de 17 a 30 años con modelos en lencería en poses sexis.

La dependencia justificó la campaña y la defendió señalando que “ese segmento rechaza el casco por cuestiones estéticas“.

Indignación y protestas fue lo mínimo que siguió a su lanzamiento. Preocupa porque creo que dista mucho de ser “un error de cálculo”.

Usar o no casco, parecer ser el eterno debate…de los automovilistas principalmente: aquellos que se niegan a compartir la calle y se valen de las fatalidades para desviar la atención del trabajo de diseñar calles más seguras.

Con esta campaña las autoridades alemanas solo evaden su responsabilidad en el riesgo que los automovilistas significan para peatones y ciclistas, a los que (aquí y en China) les arrebatan la vida impunemente sin que ningún casco pueda evitarlo.

Pensaba que sólo de este lado del charco aún teníamos que escuchar comentarios de personas que consideran que pedalear es un riesgo o de lores y ladys que insisten que esta ciudad es para los autos y nadie la va a cambiar.

Que solo aquí había que explicar con palitos y manzanitas a los reporteros cochistas que preguntan a cada rato ¿por qué nadie multa a los ciclistas por no llevar casco? sin detenerse a revisar el Reglamento que lo permite.

Miro anonadada los hermosos cuerpos de los modelos alemanes con casco y me deshago de mi viejo e inservible pedazo de unicel aglomerado y salgo a rodar, libre para que vuelen las ideas.

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