la vuelta al mundo en bici

Le da la vuelta al mundo en bici, y en Latinoamérica le roban todo

Antonio Paduá tiene 60 años y 160 mil kilómetros pedaleados; le ha dado la vuelta al mundo en bici casi cuatro veces.

Era, como todos los rusos, de alma inquebrantable… hasta que se le ocurrió desentrañar Latinoamérica.

Antonio Paduá en su actual estancia en la Ciudad de México

La vida de Antonio de Padua consiste en escapar. Hasta el día de hoy no le resulta fácil quedarse en ningún lado y le molesta hacer planes de vida “para cuando seamos viejitos”.

Tal vez sea un destino ligado al de su padre, un físico nuclear ruso con rango militar, que desertó de Bulgaria en los años 60 para iniciar el viaje sin retorno de los asilados.

O tal vez sólo sea “el llamado de la sangre”, un nomadismo natural que fluye por las venas de todos los descendientes siberianos.

Antonio lo tuvo claro a los 14 años, cuando ya no pudo más y tomó su primera bicicleta –una pequeña free styler que le construyó “un ruso-alemán del Volga, genio loco inventor”– y huyó de la casa de esa familia brasileña con la que no encontraba ninguna afinidad ni empatía.

Infancia en adopción

Su padre lo había dejado ahí desde los seis años. Una ‘adopción patria’, como llaman a la que se hace a cambio de favores políticos, pues había llegado a Brasil a trabajar en la incipiente industria aeroespacial hasta que el golpe militar de 1964 lo hizo de huir de nuevo.

Así que lo dejó en adopción para protegerlo, para evitar perderle la pista, mientras él pedía refugio en Sudáfrica, Madagastar, Nueva Zelanda.

El abandono generó una repulsa cultural en el pequeño Antonio. No hablaba portugués, no le gustaba el frijol con arroz, no quería estar ahí. A los doce leía a Arthur Schopenhauer en alemán y soñaba con irse lejos, libre.  

La bici, su vehículo hacia la libertad

La bici sería el vehículo para escapar de esa realidad, su único refugio, su verdadero hogar.

“Me iba lejos, a un río, dormía en la orilla abrazado a la bicicleta plateada. Así viví siempre esperando a mi papá. Un día, por castigos de esta familia que me prohibía hacer cosas, me escapé”.

Mi primer viaje de bici fue a los 14 y crucé casi 1,200 km de Rio de Janerio a la provincia de Panamá. Pero el viaje se interrumpió porque inflé mucho las llantas y explotaron“, me dice sentado en un café de la colonia Juárez en la Ciudad de México.

Flaco, correoso, quemado por el sol y con muchas ganas de contarlo todo, a Antonio le resulta extraño volver a este país por el que pasó de niño, casi sin conciencia, rumbo a Brasil.

Nuevamente, México lo recibe en tiempos de adversidad. Otra vez, México le hace recordar que no puede detenerse.

El rescate y la muerte

¿Quién podría imaginar la vida de un refugiado? Solo quien la vive reconoce lo miserable que puede ser viajar sin sentido, haciendo trámites para conseguir pasaportes, siempre con miedo e incertidumbre sobre el mañana.

Así vivió Antonio hasta los 16 años cuando su padre lo rescató. “Digo rescatado porque no me adaptaba y además mi papá seguía de fugitivo”.

Se lo lleva a vivir a España, donde se establece por 20 años y estudia un año de periodismo, un año de filosofía, y finalmente se decide por la sociología.

No se llevó aquella bici que le dio el ruso del Volga sino una Peugeot que su padre le compró a un francés que llegó a Brasil en ella.

“Se la compró porque se había roto una pierna “, recuerda. Ya en Europa, en esa bici iba a la facultad de Salamanca, daba vueltas por el campus y soñaba con seguir viajando.

En esos años cruzó Marruecos, Angola, Sudáfrica, llegó a Cape Town, Nueva Zelanda. Emprendía viajes durante años, retos como cruzar África por la costa o llegar a Nigeria. Pedaleaba a Tolouse, en el sur de Francia, nomás para las vacaciones.

Luego con su padre se refugió en San Barth y cruzó a Biarritz. “Ahí decidimos morir los dos, mi padre dijo: tú te vas a tus viajes en bici y yo regreso a Moscú“.

La bicicleta sería desde entonces “el vehículo que me proporcionaba la velocidad más lenta posible, pero precisa, para que la ruta no se termine nunca”.

Es el instrumento lúdico que le hizo falta en una infancia y adolescencia robadas por la falta de tiempo para echar raíces. “

Cuando su padre volvió a Rusia, lo meten 20 años en la cárcel. En 1988 Antonio decide radicar en Ucrania, pero también en Belarús, Estonia, Polonia, Finlandia.

Pasó toda la perestroika en esos países clave de la desintegración del mundo soviético. Y sobrevivió a todo.

Su vida, una bicicleta rodando eternamente

“Debes saberlo, nosotros tenemos un espíritu de conquista”, dice Antonio muy orgulloso de su familia siberiana.

Justifica así que tiene una necesidad de pedalear proporcional a la urgencia de viajar constantemente.

Antonio se considera “naturalmente de origen nómada”, un homocyclo sapiens que necesita la naturaleza para vivir.

Por eso le llama así a la memoria de sus viajes que algún día escribirá en su blog al que quiere titular sapiensbiketrip.

A sus 60 años, con hijos en Rusia, Ucrania, Italia, España, Antonio se considera el mejor padre pero el peor marido.

“No hagas planes conmigo, nena, siempre huyo”. Y planeaba no detenerse.

Latinoamérica, el dulce envenenado

Hace tres años cruzó de nuevo el Atlántico y concibió la idea de escribir El observador. El Libro, una disertación sociológica sobre Latinoamérica, “esa región a la que todos siempre se aproximaban desde un lenguaje que refleja su eurocentrismo”.

Tenía una deuda que saldar. El sociólogo e investigador ambientalista

quería darle otra oportunidad a esos países que antes le parecieron extraños culturalmente y desentrañar las causas de su pobreza y las intervenciones extranjeras que han sufrido.

Odia la palabra colonialismo, “porque Colón es el peor personaje de la historia”, pero quiere entender ¿por qué nos dejamos?

Se consideraba la persona ideal, con más de 5 mil libros leídos en la vida, para entender lo que llama el masoquismo latinoamericano.

“Son extremadamente masoquistas. Se azotan todo el tiempo. Quería entenderlo. Odian la pobreza pero viven dentro de ella como si fuera imposible salir. No se porque los mexicanos salen para ir a EU en la última década, no lo sé”.

Esta vez no cruzó la Panamericana desde el Norte como hizo en el año 2000 para llegar a la Patagonia, un viaje de casi dos años que lo llevó a pedalear Norteamérica y de ahí volar a Uruguay para recorrer Brasil, Argentina, Bolivia, Venezuela, Colombia.

Esta vez empezaría desde abajo, para subir por Perú, Venezuela y Colombia.

Habló con aimarás, quechuas, descubrió Mérida, “que es donde están los mexicanos más auténticos”.

Vivió en Guatemala con los mayas “en su esencia más natural”. Llegó a Colombia durante las elecciones legislativas y no lo dejaban entrar a menos que pagara 30 dólares.

Así que Antonio pidió hablar con el encargado y se opuso a la extorsión. Cuando logró cruzar, lo siguieron en motocicleta, le pegaron y le robaron todo su dinero.

Quedó a merced de una espiral de violencia de la que sería difícil salir.

La maldición latina

De sus cuatro vueltas al mundo, este es el viaje que más le ha impactado por la violencia que padeció.

Y eso que en Angola, en plena guerra, ‘ le agujerearon sus ollas al quedar atrapado en tiroteos. Ya le habían dado algunas puñaladas en Brasil, pero robarle la bici jamás.

Todavía en Colombia se decidió a superar el trauma del robo de dinero y la golpiza, incluso ya casi había olvidado el asalto que sufrió al llegar a Nicaragua por El Salvador, pero cuando llego a Guatemala vería su suerte.

En su bicicleta KHS, modelo Mérida –la bicicleta de montaña creada tras la primera competición en Mérida, Yucatán, en 1986– con las alforjas llenas de ollas e instrumentos de sobrevivencia, cuadernos de notas y una computadora, fue despojado de todo en Patulul.

Le dejaron la ropa puesta y un susto enorme, pues estuvieron a punto de matarlo si no fuera porque alguien dijo “No, es un turista gringo loco”.

Al día siguiente encontró a un ciclista que le hizo un video contando la historia, en el que Antonio rogaba que le devolvieran sus apuntes. Se hizo viral y la noticia llegó a la CNN a finales de noviembre y hasta Le Monde.

“Nunca me habían robado la bicicleta, ahí está mi vida, he estado en Angola, en Uzbekistán que hay muchísimos ladrones, en África y Sudafrica, en países con guerra y solo me han asaltado en Tapachula hace 20 años y ahora tres veces en nueve meses en Latinoamérica”.

Lo peor de todo es que cuando la gente se involucró en el caso descubrieron en redes sociales que quien lo había asaltado era uno de los líderes comunales de Patulul. El escándalo fue en crescendo.

Luego todo fue “negociar” la bicicleta y sus documentos, entre ellos cinco pasaportes de refugiado. Al solicitar la solidaridad del país, una empresa le regaló otra bicicleta y de su venta decidió pagar el rescate a los delincuentes.

Querían 2,000 quetzales, algo así como 2,500 pesos. Temerariamente se encontró con ellos, les pagó pero no le devolvieron nada. “Fui como un tonto, pero yo quería recuperar mis cosas”, dice lamentándose de su ingenuidad.

Ahora, ya en México, a donde llegó en autobús, es acosado en las redes. Me enseña perfiles falsos de los ladrones y las amenazas de que le van a mandar “a los Zetas”.

Se pone nervioso solo de recordarlo. Quiere conseguir lo suficiente para un boleto de avión a España, desde donde planea volver en bicicleta a Rusia y tal vez allá reescribir o olvidarse de sus investigaciones por la región salvaje.

El cicloviajero ruso busca ahora recaudar fondos sometiéndose a una prueba de resistencia durante 10 horas.

Algún altruista mexicano le propuso prestarle dinero y lo tuvo en su casa unos días hasta que le pidió a cambio favores sexuales.

Así que ya está desesperado por huir de nuevo. ¿Tendrá Latinoamérica más cuentas que ajustar con él?


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