reyes magos

Carta a los Bici Reyes

Le puse demasiado aire a las llantas o las calles de Portales están cada vez peor. Reboto al pedalear y mi gordo trasero también. El sismo y la avaricia de las constructoras han destruido la colonia. Tantos camiones materialistas y tantas construcciones han cambiado la fisonomía del ‘jazzindario‘.

Coyoacán no está mejor. Aunque su alcalde Manuel Negrete quiere llevarse Ecobici y construir algunas ciclovías nodales para el sur de la ciudad –entre ellas la impopular de División del Norte y otra Eje 10 -Ciudad Universitaria,  tendrá solo tres años para actuar. ¿Lo hará?

Eso iba pensando mientras me desviaba por el Real Camino a San Lucas, pero cuando di vuelta en Antigua Taxqueña de verdad me sorprendió el pavimento. ¡Nos hizo justicia la revolución! ¡Yijiii! Salté el tope de la esquina de la casa de mis padres y derrapé en la puerta. No me abrieron. Luego dicen que no los visito. Así que me fui a rodar por Coyo, disfrutando el pavimento lisito aún con olor a chapopote.

Volver a estos caminos me transporta al pasado, como cuando a los 8 años pedaleaba por todo el empedrado de Vicente García Torres y Tepanco hasta La Conchita. O cuando en mi Bimex roja me lanzaba a rodar hasta la plaza Hidalgo y salía por callejones enredados hasta Miguel Ángel de Quevedo o los Viveros.  

Sigo siendo una niña en su bici roja, jugando con mi voz mientras atravieso rebotando a todo lo que dan mis amortiguadores. Ya no tengo la bimex, pero una tigra blanca, guarrior de los baches, es mi corcel.

!Cómo recuerdo la primera vez que me animé a darle la vuelta a Calzada de Tlalpan! Soy biciterca desde aquél día de mediados de los 90 en que pavimentaron Tlalpan y aposté con mis primos que en menos de 45 minutos iba de ida y vuelta.

Gané, pero las piernas me temblaban cuando descendí de la cleta y recordé a todos los pinches cochambrosos Ruta 100 que me tocaron el claxon para espantarme, nomás por diversión.

Pero lo confieso. Soy adicta a esa adrenalina que fluye por las venas cuando pedaleas por la ciudad y los machinos te avientan el camión, o los microbuses tocan sus tarzanescos cláxons o te gritan ‘Te vas a caer mamacita’ y tú sigues pedaleando segura de que esos imbéciles no pueden alcanzarte, respirando gasolina y gas que algún día te harán mutante.

Así rodando conocí a los Bicitekas. Eran apenas unos 15 y se juntaban en el Ángel de la Independencia.

Agustín Martínez me invitó a rodar con ellos en una especie de paseos-manifestación en el que cada miércoles tenía rutas distintas guiadas por el loco de Memo, un verdadero cronista de la urbe.

En un principio la onda era tomar las calles, difundir el ciclismo urbano y promover el respeto. Luego hubo que hacerse ‘activista’ para insertar los temas de urbanismo sustentable en la agenda política de la ciudad más grande y más contaminada del mundo.

Este 2018 el movimiento bicicletero de la capital cumplió 20 años. Sus incansables activistas han logrado que los gatopardos del Congreso (local y federal) los escuchen y algunas veces hasta los consulten.

Asisten a sus foros y reuniones y se toman fotos donde presumen sus bicis plegables el Día de sin Auto (22 de sept). Sí. Los bicitercos capitalinos llegan a la madurez con el orgullo de haber transformado un inocente sueño ciclista en una realidad alternativa.

Han conseguido un cambio cultural hacia la bicicleta como vehículo sustentable en este monstruo urbano que saltó a la fama mundial como “la ciudad más contaminada del mundo”.

Actualmente la Ciudad de México se sueña ciclociudad y no aguanta un auto más pero es un enigma el por qué millones de automovilistas no lo notan.

La masiva defensa de automovilistas de todo el país de su “derecho” a contaminar con gasolina barata pone en duda los alcances del ambientalismo en general y del ciclismo urbano en particular.

¿Por qué todos defienden un privilegio egoísta y dañino para la mayoría en vez de reclamar un ambiente sano y un transporte sustentable para TODOS?

En las calles la tensión es creciente. Muchos que creíamos tener la experiencia y habilidad para circular sin problemas de pronto nos volvimos blancos fáciles de la neurosis diaria, de la laxitud de requisitos para manejar un automóvil, de las temerarias acciones de Lords y Ladys cada vez más psicóticos y peligrosos, de la inacción policial para hacer cumplir el reglamento, de la inconciencia y poca educación de conductores que se dan a la fuga.

La lección más fuerte que recibí este año fue la muerte de Emmanuel Vara Zenteno en Puebla, porque aunque suene sencillo es a veces imposible de lograr: hacer una pedagogía de la calle.  

¿Cómo transformar mi propia neurosis (y la de peatones, conductores y otros ciclistas) en lecciones de civismo y evolución? Y es que no hace falta convencer a los ciclistas sino a los cochistas de sus malos hábitos de movilidad que afectan a todos.

Aunque controvertido, el decálogo del buen automovilista que presentó recientemente la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum acaba con la indiferencia institucional hacia la masacre que está ocurriendo en las calles.

Al menos ya hay diez reglas básicas: No rebases el límite de velocidad.  No manejes alcoholizado.  No debes mensajear al manejar. En luz roja no hay vuelta continua.  Respeta el metro y medio de los ciclistas.  En cruces no señalizados el paso es uno a uno. En moto usa casco, en coche, cinturón.  No obstruyas el paso peatonal  No te pases la luz amarilla.  No te estaciones en doble fila.

Mientras reboto de regreso a Portales, recuerdo a la niña aventurera de la bimex. En un alto alucino producto del gazolinazo diario en mis pulmones. Veo a mi niña interna escribir una carta dirigida a los Reyes del Pedal, a Bicilopochtli y a San Shimano.

Les confiesa que se ha portado mal, que ha insultado y aventado mocos a varios autos, que se metió a Viaducto nomás para molestarlos mientras otros locos colgaban una manta con la leyenda  En Bici Ya Hubieras Llegado.

Foto: Fabrik Ur

No quiere nada, ni una Brandon que ilumine su camino o una bomba de aire que tanto le hace falta. Un camión de carga le escupe una nube de plomo negro que obnubila su cordura. Promete así, con locura, educar al cochista que lleva dentro.

Como hace 20 años, sólo los locos podrían creerlo.

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