Hilario Fuentes: El asombroso equilibrista de papel

CLETOFILIA.- Una pila de dos metros y medio de periódicos va atada firmemente a la parrilla de Hilario. El cuadro de acero de su bicicleta Benotto naranja aguanta todo. Es de las mejores que hay para realizar la proeza diaria de cargar y repartir periódicos en la gran Ciudad de México.

No tiene cambios, no los necesita. Para subir por la Glorieta de Insurgentes o la de Marina Nacional solo hay que tener piernas y concentración, ni siquiera frenos. Desde los siete años, cuando repartía periódicos a cambio de raspados y helados, Hilario se volvió equilibrista.

Vinieron periodistas desde China e Italia para ver cómo le hace, cómo gira en las curvas, cómo pedalea entre el tránsito urbano sin tirar un solo periódico, sin rayar un auto o atropellar a un peatón. En los sesenta, desde un helicóptero, el documentalista Demetrio Bilbatúa lo filmó para su cinenoticiario.

Poco a poco, este tepiteño de corazón se ha convertido en un ídolo ciclista, el mejor representante del gremio de los voceadores. ¿Quién iba a decir que la competencia diaria para llegar primero a comprar más baratos los bultos de  periódicos y poder ganarles un 20 por ciento del costo iba a ser su mejor entrenamiento?

Un claxonazo lo trae al ahora. Pedalea por todo Cuauhtémoc sobre su maciza Benotto, pero la pila de periódico se ha reducido drásticamente. Ya nadie maneja esos volúmenes de periódico que lo hicieron famoso. Hace diez años que los periódicos vespertinos desaparecieron y él comenzó a atender un puesto en Luz Saviñón y Cuauhtémoc que le ha permitido sortear las pocas ventas del periodismo del nuevo milenio.

En la mañana, después de recoger sus bultos de papel en “La esquina de la información”, Hilario rueda hacia el sur. Reparte a sus clientes en la colonia Juárez, la Doctores, la Roma. Ofrece lecturas frescas y variadas a hoteles, restaurantes y casas particulares.

En el puesto de Hilario hay de todo. Desde chicles y cigarros hasta la variedad de prensa matutina y las revistas de negocios, bebés, mujeres, actualidad, historia, arqueología y por supuesto porno, el sello de su puesto y las ‘lecturas’ más solicitadas. Es una responsabilidad muy grande para él no descuidar a ningún cliente en sus gustos.

Ya no vende por miles, si acaso unos cien periódicos al día, pero el precio —de tres a doce pesos cada uno— le permite sobrevivir. Se ha acostumbrado a traer de todo, no solo los periódicos deportivos que se venden más, aunque algunos compañeros lo cuestionen: “¿Pa qué tanto si nadie lee? “.

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Siempre me preguntaban Oiga, ¿cómo carga esos bultotes? ¿y los carros? Y yo les decía, ‘Pues es un trabajo, no lo hace uno por exhibición‘. Pero al final sí era una exhibición.

Es que los diarios se acarreaban así, era lo más rápido para llevar el periódico desde El Ovaciones, en lago Zirahuen, hasta Bucareli. Había rutas a cumplir.

He estado en varias esquinas de la ciudad, siempre he vendido periódico toda mi vida. Estuve en la colonia Estrella, en la Basílica de Guadalupe, en la Glorieta de Potrero, en la de Insurgentes.

Antes valía 40 centavos el periódico, salía Noticias de medio día, la Extra y los de la tarde. Ahí empecé yo. Gritaba ¡La extra, la extra! Se vendía bastante. Eran de Excélsior y ya después salieron El Sol de medio día, las Ovaciones, que era lo que más se vendía.

A mí me tocaba hasta el centro de Coyoacán. Me aventaba desde allá, venía en bicicleta todo lo que es esto (Cuauhtémoc) y regresaba. Y en la tarde era la misma rutina.

Para poder comprar los bultos de 500 periódicos se juntaban cuatro o cinco personas, era una competencia para ver quién llegaba primero, porque el que llegaba después ya solo le tocaban 100 y así. Era una rutina bonita. Ya después era repartir a los puestos, unos a vender como yo y otros a repartir a los puestos. Fue como me empecé a desarrollar.

El que diga que alguna vez no se le cayó el periódico o se le rompió la parrilla, miente. Fui siempre independiente, nunca entré a un periódicos a trabajar. Trabajé con un señor que fue el amo y señor de todas las dependencias de gobierno. Le entregaba cantidades de periódicos, cuando el PRI era el PRI, porque tenían que hacer una síntesis. Y si el periódico se atrasaba teníamos que volver por ellos mientras hacían la síntesis.

Mis hijas se quedaron sin mamá muy chicas por el cáncer. Les dije Miren, no les voy a pedir un diploma pero si vas a lavar trastes vas a ser la mejor lavando trastes. Y a todas les inculqué el juego, aunque sean canicas pero juéguenle, me salieron buenos para el deporte.

El agradecimiento y la humildad es lo único que les he dejado de herencia. Hablen lo que sea y si no se puede es mejor decir no. Más vale una colorada que muchos descoloridos.

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Hilario no puede estar quieto, su puesto frente al café internet atrae miradas. ¿Serán los posters de las chicas voluptuosas o las portadas con descabezados y destripados por doquier?

-Dame uno del que escurre sangre, le dice un cliente.

Pero a él le duele que salga la foto del atropellado sin cabeza y sin intestinos. Esa no es información, piensa, pero aún así le extiende la sangrienta bitácora al cliente.

-¡Buenas doctor!, saluda a los vecinos, agarra varios diarios y se va a vender entre los autos que paran en el alto.

Entre los cambios de semáforos Hilario lee las cabezas de los diarios, devora completos los de deportes. Hay que leer de todo porque hay clientes que llegan y cada quien tiene su bandera, pero para poder platicar a gusto es mejor informarse. Una de sus hijas come dentro del puesto y aprovecha para ir en la bicicleta a entregar más periódicos.

De regreso recuerda el placer de haber sido lector y amigo de Mario Munguía ‘Matarili’, que era el más buscado por su columna de nota roja en el Ovaciones. O el gusto que sintió cuando pudo conseguirle una revista importada al entonces candidado al gobierno del DF, Jesús Silva Herzog. Y no se olvida del coraje que hizo cuando vio en todos los medios que el presidente Vicente Fox comió con los niños de la calle de Tepito.

-Me perdonan pero no hay niños de la calle en Tepito. Ahí hasta el chamaco mas chico es vivo y busca que vender o sabe bisnear. ¿Como es posible?, exclama indignado el orgulloso tepiteño cada vez que se acuerda.

Aunque nació en Peralvillo, desde los siete años vive en el barrio bravo y solo recuerda cosas buenas de él, como que le dicen así porque las diferencias se dirimían a trancazos, a puño limpio. Cuando alguno ya no podía, bajaba las manos y el otro lo dejaba como si fuera profesional y se daban la mano, así ganara o perdiera.

Anochece, cierra el puesto, de regreso a casa por la ruta Cuauhtémoc -Bucareli -Reforma- Garibaldi la neurosis y el esmog lo mantienen alerta. Cuando se relaje soñará que su Benotto naranja avanza veloz con una pila de dos mil periódicos bien amarrada a su parrilla. Arriba, su niño interno va trepado bien feliz lamiendo un raspado.

 

 

 

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